Escondido (Caché), de Michael Haneke
Primero quiero confesar que no se en qué estaba
pensando cuando elegí esta película para escribir y no es que no me haya
gustado, al contrario, me arriesgo a decir que me parece de las más
interesantes que vi en mi vida, pero esa misma desorientación que sentí cuando
la observaba la siento ahora frente a esta hoja en blanco. Estaba por tirar
todo por la borda, cuando me di cuenta que esta sensación era producto de
intentar poner en palabras algo completamente indescifrable y que de alguna
manera, de eso se trataba la película. Difícil tarea la mía, pero vale la pena
el intento. La película en cuestión es Caché, dirigida por Michael
Haneke,o Escondido como bien fue traducida al español.
En la primera escena vemos durante unos segundos una
casa desde enfrente, captada con una cámara fija y con sonido ambiente. Luego
escuchamos un diálogo que nos desconcierta porque no sabemos de dónde vienen
las voces ni quiénes son los que están hablando. Vemos salir de la casa a un
hombre, que luego sabremos es el protagonista de esta película. Georges, es
conductor televisivo de un programa literario, de mediana edad, casado con
Anne, una traductora que trabaja en una editorial y padre de Pierrot,
adolescente hijo de ambos.
Una casa amplia con varias bibliotecas repletas que
cubren las paredes y la ventana del comedor y una televisión en el centro es la
puesta en escena que eligió el director (porque todas las elecciones que hacen los directores son por
algo) para enmarcar el hogar de este matrimonio burgués e intelectual. Pero hay
cosas que ni los libros ni la cultura puede enseñarnos y muchas veces esto
“tapa la ventana” que es nuestra conexión con el exterior, con esa realidad que
a veces es difícil de mirar.
La escena antes descripta se vuelve a repetir
exactamente de la misma manera pero con un detalle: la pantalla se rebobina sin
que nosotros hayamos tocado el control remoto. Y es que esa imagen no es más
que una filmación en VHS que fue dejada en la casa de Georges y Anne en una
simple bolsa de plástico. Y nos sentimos engañados, claro, como ellos.
El impacto que provoca esta imagen en tremendo, vemos
como el director enmarca una ficción dentro de otra y de esta dando comienzo el
macabro juego...
Las cintas se repiten, pero luego envueltas en papeles
con dibujos infantiles: una cara de un chico con la boca llena de sangre, o una
gallina degollada. Es así como empezamos a caminar sobre arenas movedizas,
tanto nosotros como el protagonista. Las primera preguntas que nos aparecen son
las siguientes: ¿Quién esta escondido, quién manda las cintas y quién observa?
Si ustedes esperan que se resuelva el enigma van por mal camino, por eso no nos
queda otra que formular nuestras propias respuestas.
Por un lado creo que hay una fuerte crítica a una
determinada clase social, que dentro de sus blancas, pulcras y adornadas casas,
conlleva también un lado oscuro y brutal.
“¿Qué haríamos
por no perder lo que es nuestro?” dice uno de los personajes y nos dice Haneke
directamente a nuestros ojos. En este caso, parece que cualquier cosa.
También habla de nosotros mismos como espectadores,
como los espías que observamos, casi de manera impune lo que sucede a nuestro
alrededor desde nuestros cómodos sillones. Porque Caché es también una
denuncia social, una denuncia sobre la desigualdad de posibilidades, sobre las
masacres que las grandes potencias hicieron sobre los más débiles, sobre los
prejuicios que probablemente todos llevemos dentro. Y ahí estamos, observando
con la misma mirada que los protagonistas. Haneke no nos juzga, solamente nos perturba
y nos paraliza.
Por otro lado, la película nos muestra un viaje interno
a la psiquis del protagonista. Las cintas son un rompecabezas que vamos armando
hacia su pasado, su infancia y cómo esto lo define y lo hace quien es. Georges
recupera retazos de su memoria que pareciera enterró con demasiado empeño, pero
que inevitablemente, ya sea a través de las imágenes filmadas o de sus
pesadillas, va recuperando. Pero siempre es preferible olvidar... Como la
gallina que le cortan la cabeza y sigue viva, George corta con su historia, con
su madre, con su hogar de la infancia, con su conciencia y sigue adelante.
Pero la historia de él se entremezcla con la de Majid,
un argelino que de chico trabajaba junto a su familia en la casa de Georges y a
quién la vida y Francia le dieron una mala pasada, matando en una manifestación a sus padres y dejándolo
huérfano. La familia del protagonista quiso adoptarlo, pero el pequeño Georges
de sólo seis años se las ingenió para no dejar de ser el hijo único y adorado y
sacar de su vida a Majid con una pequeña y piadosa mentira que cambió toda su
existencia. Este hombre, que luego
terminará cortándose el cuello como una gallina, pero esta vez de manera
literal. Una decisión radical sí, pero por lo menos honesta. Porque la sangre
no sólo mancha la pared, sino que deja una huella en el cerebro de Georges que
presencia esta situación.
El destino infantil de Majid fue el internado y el
director elige mostrarnos el momento de la partida de la casa desde lejos, como
la mirada que tenemos a veces sobre las cosas que nos duelen demasiado.
Caché esta plagada de mentiras, de “como si”, de
hipocresías. Miradas deformadas de la realidad que muestran los medios,
bibliotecas de cartón como escenografía de un programa de televisión, palabras
falsas que salen de la boca de Georges pero que ni él mismo cree.
Y como era de esperarse, ante la imposibilidad de
olvidar y ante el miedo de perderlo todo (su trabajo, su familia, su estatus)
simplemente vuelve a su casa, sube a su habitación, cierra las cortinas y
tomando pastillas para dormir se sumerge en la cama desnudo y a oscuras.
Este el verdadero Georges, desnudo ante la oscuridad de
sus propios actos, intentando “dormir” su conciencia que se le aparece cada vez
de manera más insistente.
¿Quién esta escondido? Él mismo.
¿Quién manda las cintas? Nadie.
¿Quién observa? Nosotros detrás de la pantalla.
Nadie puede salir indiferente de semejante película,
porque la sangre ya nos enchastró a todos.
¿Quién mueve los hilos?
Michael Haneke es un perturbador director austríaco que
estudió Filosofía, Psicología y Dramaturgia en Viena. Tiene como objetivo, a lo
largo de toda su filmografía, dejarnos con la boca abierta, la presión
acelerada y la piel erizada. Hay puntos en común en su obra, cierta poética
recurrente, pero no por eso predecible. Hay una mirada profunda sobre el ser
humano, generalmente desde sus miserias. La televisión prendida siempre forma
parte de la puesta en escena, mostrando la violencia, tanto la que nos rodea,
como la violencia interna inherente a cada uno de nosotros. Porque parece que
uno nunca puede salir invicto después de ver una película de este hombre, a tal
punto de hacernos cómplices de algunas situaciones.
Algunas películas se centran en el universo personal de
los personajes, como El Séptimo continente (1989) Funny Games
(1997) Benny's video (1992) La profesora de piano (2001) o Amour
y otras se extienden sobre un contexto social más marcado, como Setenta y un
fragmentos sobre cronología del azar (1994) El tiempo del lobo
(2003) Código desconocido (2000) Caché (2005) o La cinta
blanca (2009) películas que van más allá de los personajes en cuestión,
aunque no los dejan de lado, pero son menos intimistas que las anteriores.
Nunca faltan las imágenes crudas y salvajes, las obsesiones y la muerte.
Una vez leí en un texto sobre él que lo definían como
un “terrorista cerebral” y sí, nuestras cabeza vuelan en pedazos cada vez
logramos llegar al fin del arduo proceso que significa ver sus films.

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