lunes, 3 de junio de 2013

TP Final: El titiritero, por Paula De Giacomi (Turno Mañana)




Escondido (Caché), de Michael Haneke

Primero quiero confesar que no se en qué estaba pensando cuando elegí esta película para escribir y no es que no me haya gustado, al contrario, me arriesgo a decir que me parece de las más interesantes que vi en mi vida, pero esa misma desorientación que sentí cuando la observaba la siento ahora frente a esta hoja en blanco. Estaba por tirar todo por la borda, cuando me di cuenta que esta sensación era producto de intentar poner en palabras algo completamente indescifrable y que de alguna manera, de eso se trataba la película. Difícil tarea la mía, pero vale la pena el intento. La película en cuestión es Caché, dirigida por Michael Haneke,o Escondido como bien fue traducida al español.

En la primera escena vemos durante unos segundos una casa desde enfrente, captada con una cámara fija y con sonido ambiente. Luego escuchamos un diálogo que nos desconcierta porque no sabemos de dónde vienen las voces ni quiénes son los que están hablando. Vemos salir de la casa a un hombre, que luego sabremos es el protagonista de esta película. Georges, es conductor televisivo de un programa literario, de mediana edad, casado con Anne, una traductora que trabaja en una editorial y padre de Pierrot, adolescente hijo de ambos.
Una casa amplia con varias bibliotecas repletas que cubren las paredes y la ventana del comedor y una televisión en el centro es la puesta en escena que eligió el director (porque todas las  elecciones que hacen los directores son por algo) para enmarcar el hogar de este matrimonio burgués e intelectual. Pero hay cosas que ni los libros ni la cultura puede enseñarnos y muchas veces esto “tapa la ventana” que es nuestra conexión con el exterior, con esa realidad que a veces es difícil de mirar.
La escena antes descripta se vuelve a repetir exactamente de la misma manera pero con un detalle: la pantalla se rebobina sin que nosotros hayamos tocado el control remoto. Y es que esa imagen no es más que una filmación en VHS que fue dejada en la casa de Georges y Anne en una simple bolsa de plástico. Y nos sentimos engañados, claro, como ellos.
El impacto que provoca esta imagen en tremendo, vemos como el director enmarca una ficción dentro de otra y de esta dando comienzo el macabro juego...
Las cintas se repiten, pero luego envueltas en papeles con dibujos infantiles: una cara de un chico con la boca llena de sangre, o una gallina degollada. Es así como empezamos a caminar sobre arenas movedizas, tanto nosotros como el protagonista. Las primera preguntas que nos aparecen son las siguientes: ¿Quién esta escondido, quién manda las cintas y quién observa? Si ustedes esperan que se resuelva el enigma van por mal camino, por eso no nos queda otra que formular nuestras propias respuestas.

Por un lado creo que hay una fuerte crítica a una determinada clase social, que dentro de sus blancas, pulcras y adornadas casas, conlleva también un lado oscuro y brutal.
 “¿Qué haríamos por no perder lo que es nuestro?” dice uno de los personajes y nos dice Haneke directamente a nuestros ojos. En este caso, parece que cualquier cosa.
También habla de nosotros mismos como espectadores, como los espías que observamos, casi de manera impune lo que sucede a nuestro alrededor desde nuestros cómodos sillones. Porque Caché es también una denuncia social, una denuncia sobre la desigualdad de posibilidades, sobre las masacres que las grandes potencias hicieron sobre los más débiles, sobre los prejuicios que probablemente todos llevemos dentro. Y ahí estamos, observando con la misma mirada que los protagonistas. Haneke no nos juzga, solamente nos perturba y nos paraliza.

Por otro lado, la película nos muestra un viaje interno a la psiquis del protagonista. Las cintas son un rompecabezas que vamos armando hacia su pasado, su infancia y cómo esto lo define y lo hace quien es. Georges recupera retazos de su memoria que pareciera enterró con demasiado empeño, pero que inevitablemente, ya sea a través de las imágenes filmadas o de sus pesadillas, va recuperando. Pero siempre es preferible olvidar... Como la gallina que le cortan la cabeza y sigue viva, George corta con su historia, con su madre, con su hogar de la infancia, con su conciencia y sigue adelante.

Pero la historia de él se entremezcla con la de Majid, un argelino que de chico trabajaba junto a su familia en la casa de Georges y a quién la vida y Francia le dieron una mala pasada, matando en una  manifestación a sus padres y dejándolo huérfano. La familia del protagonista quiso adoptarlo, pero el pequeño Georges de sólo seis años se las ingenió para no dejar de ser el hijo único y adorado y sacar de su vida a Majid con una pequeña y piadosa mentira que cambió toda su existencia. Este  hombre, que luego terminará cortándose el cuello como una gallina, pero esta vez de manera literal. Una decisión radical sí, pero por lo menos honesta. Porque la sangre no sólo mancha la pared, sino que deja una huella en el cerebro de Georges que presencia esta situación.
El destino infantil de Majid fue el internado y el director elige mostrarnos el momento de la partida de la casa desde lejos, como la mirada que tenemos a veces sobre las cosas que nos duelen demasiado.

Caché esta plagada de mentiras, de “como si”, de hipocresías. Miradas deformadas de la realidad que muestran los medios, bibliotecas de cartón como escenografía de un programa de televisión, palabras falsas que salen de la boca de Georges pero que ni él mismo cree.
Y como era de esperarse, ante la imposibilidad de olvidar y ante el miedo de perderlo todo (su trabajo, su familia, su estatus) simplemente vuelve a su casa, sube a su habitación, cierra las cortinas y tomando pastillas para dormir se sumerge en la cama desnudo y a oscuras.
Este el verdadero Georges, desnudo ante la oscuridad de sus propios actos, intentando “dormir” su conciencia que se le aparece cada vez de manera más insistente.

¿Quién esta escondido? Él mismo.
¿Quién manda las cintas? Nadie.
¿Quién observa? Nosotros detrás de la pantalla.
Nadie puede salir indiferente de semejante película, porque la sangre ya nos enchastró a todos.

¿Quién mueve los hilos?

Michael Haneke es un perturbador director austríaco que estudió Filosofía, Psicología y Dramaturgia en Viena. Tiene como objetivo, a lo largo de toda su filmografía, dejarnos con la boca abierta, la presión acelerada y la piel erizada. Hay puntos en común en su obra, cierta poética recurrente, pero no por eso predecible. Hay una mirada profunda sobre el ser humano, generalmente desde sus miserias. La televisión prendida siempre forma parte de la puesta en escena, mostrando la violencia, tanto la que nos rodea, como la violencia interna inherente a cada uno de nosotros. Porque parece que uno nunca puede salir invicto después de ver una película de este hombre, a tal punto de hacernos cómplices de algunas situaciones.
Algunas películas se centran en el universo personal de los personajes, como El Séptimo continente (1989) Funny Games (1997) Benny's video (1992) La profesora de piano (2001) o Amour y otras se extienden sobre un contexto social más marcado, como Setenta y un fragmentos sobre cronología del azar (1994) El tiempo del lobo (2003) Código desconocido (2000) Caché (2005) o La cinta blanca (2009) películas que van más allá de los personajes en cuestión, aunque no los dejan de lado, pero son menos intimistas que las anteriores. Nunca faltan las imágenes crudas y salvajes, las obsesiones y la muerte.

Una vez leí en un texto sobre él que lo definían como un “terrorista cerebral” y sí, nuestras cabeza vuelan en pedazos cada vez logramos llegar al fin del arduo proceso que significa ver sus films.

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