“Peor: los dibujos animados
siempre serían para mí algo distinto del cine. Peor aún: los dibujos animados
siempre serían un poco el enemigo. Ninguna imagen bella, y menos aún dibujada,
compensaba la emoción –el miedo y el temblor- frente a las cosas registradas.”
Serge Daney.
Se ve que Serge al momento de
escribir esto no había visto Father and
Daughter, (ni Pixar, ni Adventure
Time, ni nada de Bill Plympton). Pero está bien porque aunque hubiese
querido, esas cosas no existían todavía cuando él vivía.
Father
and Daughter lo vi
por primera vez una mañana de viernes en un curso de crítica de cine. No lloré,
creo que nadie lloró pero tal vez alguno más tiene problemas para llorar en
público…
Me encantan los dibujos animados
y también el cine, pero por alguna razón los sigo considerando universos muy
diferentes. No porque uno no pueda estar a la altura del otro, sino porque
simplemente son lenguajes distintos. Pero a pesar de ello, el fin es el mismo.
Reír hasta hacernos pis, pensar, emocionarnos, llorar, reflexionar sobre lo que
nos rodea (o lo que nos gustaría que nos rodee), o hasta pueden abrirnos la
mente al punto de que nos planteemos el mundo de una forma nueva. Distraernos y
olvidarnos de todo, o no, o todo junto. El cine es una realidad paralela
construida y manipulable al extremo, en la cual nos situamos al momento en que
estamos viendo la película y el resto del mundo entra en estado de pausa. Y si
es manipulable un escenario construido con objetos y personas y lugares,
¿cuánto más extensas son las posibilidades que nacen de una hoja de papel en
blanco (o de un programa de animación por computadora)?
Los
dibujos animados y las animaciones suelen construir sus mundos borrando las
líneas que separan lo imaginario de lo real. Y es que cuando somos niños, nos
alimentamos de esto, para luego el resto de nuestra vida añorarlo y seguir
disfrutando de ello cuando se nos presenta en libros, películas, cortometrajes.
Y tanto el corto Father and Daughter
como el video-clip de la banda inglesa Blur, Coffe and TV, tienen un poco (o mucho) de esto.
Ambos
poseen un desarrollo cuyo eje es la desaparición de un ser querido. En el
primero Graham Coxon (guitarrista de la banda) dado por perdido por su familia,
es buscado por toda la ciudad por un cartón de leche animado, quien lleva en un
costado la foto del chico. En un principio vemos a Milky cobrar vida y bailar
arriba de la mesa del desayuno para luego encontrarlo en situaciones muy
humanas; pidiendo un aventón, enamorándose, temiéndole al callejón oscuro…todo
esto sin decir ni una palabra. Es gracioso, tierno y simpático a la vez. Y a
raja tabla queremos que todo salga bien, que encuentre a Coxon y vuelva a su
casa y que la música nunca se detenga aunque él deba dejar de tocar para
regresar.
En
el segundo seguimos a unas figuras en bicicleta casi sin rostro, que también
permanecen mudas, pero no por eso no emiten expresión, sino todo lo contrario.
Una
hija espera eternamente el regreso de su padre, y la vemos crecer y al final
vemos el pasto que también creció sobre el río por el que él se fue… y sabemos
que el “eternamente” adquiere un profundo significado. Father and Daughter es una de las cosas que prueban cuánto puede
hacernos sentir la representación de un mundo que tal vez tiene mucho más de
humano que algunas películas no animadas de hoy.
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