En Contra: The Rocky Horror Picture Show
Criticar, o
crear un metalenguaje de una obra cinematográfica es algo necesario. Se debe
deshacer una obra para poder re-estructurarla, darle forma y ascenderla al
plano de la artificialidad.
El análisis,
evita que al ponerse en circulación se cristalice o naturalice el sentido,
convirtiéndose en un discurso cotidiano auto-justificado, como las verdades
universales o las máximas.
De no pensar
el producto, su sentido, su origen, etc. Se toma por sentado y, se configura
dentro de la cultura una nueva magia, rito o ritual. Algo que forma parte del
núcleo de supersticiones sobre el cual la actualidad se constituye.
Si no se
piensa la película, como espectador se entra en una suerte de percepción
fascinada e irreflexiva, que tiene que ver con lo inexplicable, lo irracional o
sobrenatural.
Por este
motivo, creo que es el culto a Rocky
Horror Picture Show, el ritual de “Viernes a la media noche en El Malba”, más que la película en sí, lo
que me causa disgusto.
Lo anterior
no quiere decir que no me resulte, al igual que desagradable, intrigante, el
rito “a las 00h00 Rocky en el Malba”, después de 38 años de su estreno.
Por otra
parte, es de igual manera interesante, el mecanismo por el cual, el cine y las
modas pueden cambiar el paradigma de valor de las cosas y hacerlas pasar de un
polo del eje semántico al opuesto.
Ejemplo de
lo anterior es que hoy esté de moda ser gay, eco-friendly y tomar agua embotellada. Claro está, lo es para una
minoría en un ambiente de grandes ciudades, de clase media, clase media alta.
No obstante, como es moda para un grupo, por esta cuestión simplificadora de la
postmodernidad, la gente se engancha sin ningún tipo de reflexión.
De esta
manera, Rocky Horror, con el pasar
del tiempo perdió su contenido y sólo quedó su estética del kitsch-gay cristalizada en forma de
culto. Cuyos seguidores, según me han contado, en la boda, antes que Brad Major y Janet Weiss se comprometan, tiran arroz en el cine, o imitan la
noche lluviosa con pistolitas de agua, mientras otros se cubren con un
periódico su cabeza.
Ahora el
film, es un objeto de mercado, una marca, una verdad ex nihilo, que además define a cierto grupo. Es este comportamiento
(propio de adolescente confundido) de considerar que banalidades como una
película, una banda de rock, un equipo de fútbol o una postura política, te
definen como persona, el comportamiento que me desagrada y a la vez entristece.
Tanto por las perdidas mentes de freakies
y hipsters andróginos con
problemas existenciales, como por la película.
Porque
aquello del discurso de la película, de la lucha homosexual por la diferencia,
de reivindicar algo, no sólo se ha pedido, sino que ha cambiado de polo.
Hay algo en
el film de querer aceptar la diferencia y no anularla. Como cuando el doctor
travesti Frank-en-Furter se disfraza
para tener relaciones sexuales tanto con Janet, como con Brad, quienes
descubren su identidad y a pesar de ello, hacen el amor con él. Aceptan la
diferencia. Lo cual no sucede cuando un envase iguala a un grupo ante el
mercado.
Por otra parte, casi al final del film, antes de que escapen del
castillo que parte hacia el Planeta
Transexual, en la Galaxia de
Transilvania, la escena de la orgía en la pileta, la utopía literalmente
sádica, la verdadera igualdad de género donde somos todos sodomitas, obra en
función de evidenciar la imposibilidad de sostener una igualdad al ser todos
desiguales y la necesidad de hacernos cargo de nuestros criterios de
discriminación, para aceptar la diferencia y lidiar con ella.
Rocky Horror
entonces, ya no es un musical que se vale de procedimientos y elementos
estereotípicos referentes al cine Clase B de terror (como principal ejemplo el
producido por la RKO), para crear un
discurso de liberación homosexual. Es un lugar y una hora para encerrarse en un
Tupper rosa con letras rojas
sangrientas, donde se tolera la homosexualidad porque “es cool ser homosexual o
freaky” y no se acepta porque se naturalizó como tendencia.

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