jueves, 23 de mayo de 2013

TP Debate: La Fiesta Inolvidable, por Juan E. Tranier (Turno Noche)


A Favor: The Rocky Horror Picture Show


Dir. Jim Sharman
USA, 85’, 1975

Coincido con mi amigo Franco en que The Rocky Horror Picture Show (a partir de ahora TRHPS) ha mutado de naturaleza, se ha reconfigurado o, mejor aún (y el termino que yo prefiero usar), se ha travestido. Pero lo que él supone como una pérdida de identidad o de un lugar “para crear un discurso de liberación homosexual” en detrimento de un espacio “para encerrarse en un tupper rosa (…) donde se tolera la homosexualidad porque es cool ser homosexual o freak” yo lo veo como una victoria.
Una victoria travestida, como corresponde a la naturaleza de este musical tan poco ortodoxo, irregular, exagerado y exacerbado.
Desde el momento de su estreno, en 1975, TRHPS se convirtió en una atracción poco común: invitaba a su audiencia a celebrar el acto de proyectar, ver y compartir una película en grupo, de participar activamente, de ocupar un rol y enfrentarse a sus miedos, preconceptos o prejuicios. El público llevaba pistolas de agua, arroz, globos y diversos props (elementos de utilería) que eran utilizados en varios momentos del film, generando un feedback pocas veces visto antes. Jugaba a ser una experiencia sensorial que hasta el mismísimo John Waters quiso imitar en Polyester (1981) y su odorama (que consistía en una serie de tarjetas o cartas que la audiencia debía raspar u oler en determinadas escenas). Pero lo curioso es que este ida y vuelta entre público y película se dio solo, no fue premeditado, entonces, podemos decir que no estamos ante una película que pide solamente ser mirada y analizada, sino que exige que uno se involucre, que no sea razonable y se comporte intuitivamente: don’t dream it, be it.
Por lo tanto, el ritual de medianoche en el MALBA no puede sino ser una continuación de aquellas prácticas simpáticas y, sí, liberadoras, como ocurría con The Song Remains The Same (Peter Clifton, 1976) y sus trasnoches de sábado en el cine Lara. Entonces, la victoria de TRHPS se da en el terreno de sus continuas repeticiones y de la celebración constante, que nunca fue del orden de un manifiesto sexual (venía incluido en el combo, es verdad, pero no era su eje principal) sino dentro de su propia lógica lúdica, juguetona.
Ahora, con respecto a sus definiciones acerca de cuál es el rol que una crítica o un análisis deberían ocupar, ya entraríamos en un terreno pantanoso, cuando no confuso o relativo. Franco dice: “(…) de no pensar el producto, su sentido, su origen, etc. se toma por sentado y se configura dentro de la cultura una nueva magia, rito o ritual”, ¿esto es necesariamente malo? ¿A toda obra hay que “re-estructurarla” o “darle forma”? ¿Y cuándo esto no pasa? Cuándo aparece una obra o un fenómeno (como TRHPS) que se escapa a las aprehensiones y a las interpretaciones, ¿qué hacemos? Desde la mirada de Franco parece que deberíamos escandalizarnos, porque entraríamos en “una suerte de percepción fascinada e irreflexiva”, pero ¿no son así todas las cosas que nos apasionan o que suscitan fervor? Se las puede entender y tratar de explicar, pero siempre habrá un componente que deje afuera al que no quiera entrar y dejarse llevar. Tampoco creo que el espectador promedio que vaya al MALBA sea un joven de clase media alta que juegue a ser gay-friendy o eco-friendly (bah, tal vez sí, no lo sé, pero no creo que sea un dato importante ya que la película nunca fue para las masas sino para un público especializado o de nicho), pero lo cierto es que ese es el único lugar donde se proyecta la película.
Así que, una vez más, la victoria travestida de TRHPS es mantener viva e intacta esa llama que clama por fiesta, que pide que levantemos los culos de las butacas, que cantemos acaloradamente y sin vergüenza todas aquellas canciones ridículas y que nos conectemos “desconectadamente” con esta obra visceral y magnética. Ser gay tal vez esté de moda, pero el espíritu de esta película permanece intacto.  





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