A Favor: The Rocky Horror Picture Show
Dir. Jim Sharman
USA, 85’, 1975
Coincido con mi amigo Franco en que
The Rocky Horror Picture Show (a
partir de ahora TRHPS) ha mutado de
naturaleza, se ha reconfigurado o, mejor aún (y el termino que yo prefiero
usar), se ha travestido. Pero lo que él supone como una pérdida de identidad o
de un lugar “para crear un discurso de
liberación homosexual” en detrimento de un espacio “para encerrarse en un tupper rosa (…) donde se tolera la
homosexualidad porque es cool ser homosexual o freak” yo lo veo como una
victoria.
Una victoria travestida, como
corresponde a la naturaleza de este musical tan poco ortodoxo, irregular,
exagerado y exacerbado.
Desde el momento de su estreno,
en 1975, TRHPS se convirtió en una
atracción poco común: invitaba a su audiencia a celebrar el acto de proyectar,
ver y compartir una película en grupo, de participar activamente, de ocupar un
rol y enfrentarse a sus miedos, preconceptos o prejuicios. El público llevaba
pistolas de agua, arroz, globos y diversos props
(elementos de utilería) que eran utilizados en varios momentos del film,
generando un feedback pocas veces
visto antes. Jugaba a ser una experiencia sensorial que hasta el mismísimo John
Waters quiso imitar en Polyester
(1981) y su odorama (que consistía en
una serie de tarjetas o cartas que la audiencia debía raspar u oler en
determinadas escenas). Pero lo curioso es que este ida y vuelta entre público y
película se dio solo, no fue premeditado, entonces, podemos decir que no
estamos ante una película que pide solamente ser mirada y analizada, sino que
exige que uno se involucre, que no sea razonable y se comporte intuitivamente: don’t dream it, be it.
Por lo tanto, el ritual de
medianoche en el MALBA no puede sino ser una continuación de aquellas prácticas
simpáticas y, sí, liberadoras, como ocurría con The Song Remains The Same (Peter Clifton, 1976) y sus trasnoches de
sábado en el cine Lara. Entonces, la victoria de TRHPS se da en el terreno de sus continuas repeticiones y de la
celebración constante, que nunca fue del orden de un manifiesto sexual (venía
incluido en el combo, es verdad, pero no era su eje principal) sino dentro de
su propia lógica lúdica, juguetona.
Ahora, con respecto a sus definiciones
acerca de cuál es el rol que una crítica o un análisis deberían ocupar, ya
entraríamos en un terreno pantanoso, cuando no confuso o relativo. Franco dice:
“(…) de no pensar el producto, su sentido, su origen, etc. se toma por sentado
y se configura dentro de la cultura una nueva magia, rito o ritual”, ¿esto es
necesariamente malo? ¿A toda obra hay que “re-estructurarla” o “darle forma”?
¿Y cuándo esto no pasa? Cuándo aparece una obra o un fenómeno (como TRHPS) que se escapa a las
aprehensiones y a las interpretaciones, ¿qué hacemos? Desde la mirada de Franco
parece que deberíamos escandalizarnos, porque entraríamos en “una suerte de
percepción fascinada e irreflexiva”, pero ¿no son así todas las cosas que nos
apasionan o que suscitan fervor? Se las puede entender y tratar de explicar,
pero siempre habrá un componente que deje afuera al que no quiera entrar y
dejarse llevar. Tampoco creo que el espectador promedio que vaya al MALBA sea
un joven de clase media alta que juegue a ser gay-friendy o eco-friendly
(bah, tal vez sí, no lo sé, pero no creo que sea un dato importante ya que la
película nunca fue para las masas sino para un público especializado o de
nicho), pero lo cierto es que ese es el único lugar donde se proyecta la
película.
Así que, una vez más, la victoria
travestida de TRHPS es mantener viva
e intacta esa llama que clama por fiesta, que pide que levantemos los culos de
las butacas, que cantemos acaloradamente y sin vergüenza todas aquellas
canciones ridículas y que nos conectemos “desconectadamente” con esta obra
visceral y magnética. Ser gay tal vez esté de moda, pero el espíritu de esta
película permanece intacto.

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