El extenso análisis de Luis Sidicaro sobre La cinta blanca, de Michael Haneke,
resulta interesante, sobre todo porque con él compartimos la idea de que una
película es una obra de arte que nos interpela como seres humanos. En eso
estamos de acuerdo, pero no con su mirada sobre la película en cuestión.
No obstante, el fuerte cierre de su crítica, en el
que refuerza una idea sobre el cine mediante un recuerdo ligado a su
paternidad, me movilizó a tal punto de llegar a repensar mi concepción sobre
cualquier otro film que no me haya gustado en algún momento. Si bien hay casos
en particular en que dicho intento es en vano, simplemente porque existen
directores infumables, en otros esa práctica es más que necesaria. Esto es lo
que ocurre con Haneke y su cine, que para muchos significa una brecha
claramente trazada por el autor con su posible público, como una forma de
diferenciación, o tal vez una empatía que todavía no entendemos.
Dicen por ahí que te puede gustar el cine de Haneke,
pero no lo vas a entender por nada del mundo. Pero también dicen que, antes de
intentar devorar su filmografía entera en busca de algún atisbo de línea
autoral, es más fácil detestarlo por su austeridad narrativa o simplemente
serle indiferente (como si eso fuera posible una vez que nos topamos con algo
suyo). Lo cierto es que, al menos para mí, estas dos últimas concepciones
ignoran toda posibilidad de conocer un cine que no se ve todos los días.
Se pudo haber visto todo el cine de Haneke, pero no
se lo va a entender. Porque él no pretende que se lo entienda. Ahora, ¿es
posible llevarse bien con un señor que, en su constante trabajo artístico,
pareciera trabajar muy duro por ser incomprendido? La respuesta a esa pregunta
no la tenemos pero, como bien dice Sidicaro (o mejor dicho, su sabia hija
Adriana), mejor preferir intentarlo.
La mirada del espectador de cine se nutre de una cualidad
básica de nuestra raza: la curiosidad. Gracias a eso conocimos todo lo que hoy
utilizamos para valernos en este mundo. Con el cine y nuestras ganas de ver más
y más, se consolidó un amor a primera vista (vaya si cabe este dicho acá) que
persiste desde hace más de un siglo. Con el cine de Haneke, y perdón la
digresión en este párrafo, pasa todo lo contrario. Porque el grado de
información que imprime en sus guiones es tal que nuestra mente y nuestro
corazón de cinéfilo se declaran la guerra fría después de un visionado, algo
que no todos los días nos genera un realizador. Sólo eso me deja entender porque
a Sidicaro no le gustó La cinta blanca.
Su crítica al texto A los jóvenes de ayer tiene un cierre que me interpeló como ser
humano, igual que el cine, pero como Haneke, tanta información me obligó a
pensar si estoy de acuerdo con el análisis (y las varias fuentes que también
contra-argumentaron mi postura) o si directamente no lo entendí bien. Curioso.
La cinta blanca y Crítica a una crítica, se parecen bastante. Ahora es eso lo que no me
deja entender por qué a Luis no le gustó la película.
La cinta blanca y su mencionada crítica en contra, manejan meta
texto que defiendo totalmente. Lo intento comprender, porque en este caso, si
tuviera más espacio, también apelaría a mucha información para defender una
postura sobre un film que me intrigó y conmovió, pero a la vez me horrorizó y
si se quiere hasta en cierto punto me traumó. En fin, nuevamente, me interpeló.
Haneke cuent mucho más con lo que no muestra, generando
así miles de interrogantes, que con la información brindada en pantalla con
todos sus recursos narrativos. Y ésa es la diferencia clave entre la visión de
Sidicaro y la cinta de Haneke. Ambos acuden a muchísima información como un
recurso. Con ella, este último busca generar preguntas,
el otro, intenta responderlas. Por eso, finalmente, entiendo porque a Luis no
le gusta La cinta blanca.
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