jueves, 23 de mayo de 2013

TP Debate: Información como pregunta, y no como respuesta, por Pablo Martínez (Turno Mañana)

A Favor (2): La Cinta Blanca


              El extenso análisis de Luis Sidicaro sobre La cinta blanca, de Michael Haneke, resulta interesante, sobre todo porque con él compartimos la idea de que una película es una obra de arte que nos interpela como seres humanos. En eso estamos de acuerdo, pero no con su mirada sobre la película en cuestión.
No obstante, el fuerte cierre de su crítica, en el que refuerza una idea sobre el cine mediante un recuerdo ligado a su paternidad, me movilizó a tal punto de llegar a repensar mi concepción sobre cualquier otro film que no me haya gustado en algún momento. Si bien hay casos en particular en que dicho intento es en vano, simplemente porque existen directores infumables, en otros esa práctica es más que necesaria. Esto es lo que ocurre con Haneke y su cine, que para muchos significa una brecha claramente trazada por el autor con su posible público, como una forma de diferenciación, o tal vez una empatía que todavía no entendemos.

           Dicen por ahí que te puede gustar el cine de Haneke, pero no lo vas a entender por nada del mundo. Pero también dicen que, antes de intentar devorar su filmografía entera en busca de algún atisbo de línea autoral, es más fácil detestarlo por su austeridad narrativa o simplemente serle indiferente (como si eso fuera posible una vez que nos topamos con algo suyo). Lo cierto es que, al menos para mí, estas dos últimas concepciones ignoran toda posibilidad de conocer un cine que no se ve todos los días.

         Se pudo haber visto todo el cine de Haneke, pero no se lo va a entender. Porque él no pretende que se lo entienda. Ahora, ¿es posible llevarse bien con un señor que, en su constante trabajo artístico, pareciera trabajar muy duro por ser incomprendido? La respuesta a esa pregunta no la tenemos pero, como bien dice Sidicaro (o mejor dicho, su sabia hija Adriana), mejor preferir intentarlo.

       La mirada del espectador de cine se nutre de una cualidad básica de nuestra raza: la curiosidad. Gracias a eso conocimos todo lo que hoy utilizamos para valernos en este mundo. Con el cine y nuestras ganas de ver más y más, se consolidó un amor a primera vista (vaya si cabe este dicho acá) que persiste desde hace más de un siglo. Con el cine de Haneke, y perdón la digresión en este párrafo, pasa todo lo contrario. Porque el grado de información que imprime en sus guiones es tal que nuestra mente y nuestro corazón de cinéfilo se declaran la guerra fría después de un visionado, algo que no todos los días nos genera un realizador. Sólo eso me deja entender porque a Sidicaro no le gustó La cinta blanca.

        Su crítica al texto A los jóvenes de ayer tiene un cierre que me interpeló como ser humano, igual que el cine, pero como Haneke, tanta información me obligó a pensar si estoy de acuerdo con el análisis (y las varias fuentes que también contra-argumentaron mi postura) o si directamente no lo entendí bien. Curioso. 

La cinta blanca y Crítica a una crítica, se parecen bastante. Ahora es eso lo que no me deja entender por qué a Luis no le gustó la película.
La cinta blanca y su mencionada crítica en contra, manejan meta texto que defiendo totalmente. Lo intento comprender, porque en este caso, si tuviera más espacio, también apelaría a mucha información para defender una postura sobre un film que me intrigó y conmovió, pero a la vez me horrorizó y si se quiere hasta en cierto punto me traumó. En fin, nuevamente, me interpeló.
Haneke cuent mucho más con lo que no muestra, generando así miles de interrogantes, que con la información brindada en pantalla con todos sus recursos narrativos. Y ésa es la diferencia clave entre la visión de Sidicaro y la cinta de Haneke. Ambos acuden a muchísima información como un recurso. Con ella, este último busca generar preguntas, el otro, intenta responderlas. Por eso, finalmente, entiendo porque a Luis no le gusta La cinta blanca.


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