martes, 14 de mayo de 2013

TP Debate: A los jóvenes de ayer, por Pablo Martinez (Turno Mañana).




A Favor: La Cinta Blanca


      "Miralos, miralos, están tramando algo / Pícaros, pícaros, quizás pretenden el poder", cantaba Charly García con Serú Girán allá en los ’80. Esa frase se me vino a la cabeza al ver al grupito de niños de La cinta blanca observar por la ventana, o caminar en grupo rumbo a la casa de la hija del accidentado doctor. Es que la tesis del austríaco Michael Haneke sostiene que aquella generación, atosigada por una idiosincrasia llena de religiosidad excesiva que no sostenía sus creencias de las puertas para adentro, fue la de niños que quizás después formaron enormes filas en una de las movilizaciones políticas más siniestras de todos los tiempos, que derivó en el Holocausto.

Y aquí juega un papel fundamental el símbolo de la cinta a la que hace alusión el título. ¿Fueron estas las mismas que después portaron los soldados nazis en sus brazos, dibujadas con las esvásticas? Haneke propone, pero como en todo su cine, no pide reducir la discusión a eso, sino que lleva su película a los lugares más sombríos por los que transita el ser humano. Como esos fuera de campo en los que nos deja imaginar lo que sucede, pero nos deja varados en aún más inquietud, también obliga a sus personajes a hundirse en la incertidumbre al encontrarse con puertas y ventanas cerradas, que ocultan los oscuros secretos de sus vecinos. “Nunca cerramos las ventanas en la aldea,” dice el narrador, un confundido y cansado profesor que, entrado en años, se quedó con la incógnita de aquellos extraños sucesos que atribularon esa aldea en los días previos al estallido de la Primera Guerra Mundial.

     Si bien la figura de un narrador en off suele usarse para simplificar ciertos modos de relato en un guión, en este caso resulta una decisión acertada, porque el protagonista de este cuento está tan confundido como lo puede estar el espectador, y juntos intentarán clarificar lo que no es más que un rejunte de rumores y hechos poco claros que resultan en ese rompecabezas que tanto ama Haneke intentar armar. Es un realizador distinto, porque con su cine no busca respuestas, sino que propone preguntas, y todo eso llena de muchísimo suspenso esta obra.

   Otra decisión estética importantísima, que va a la par de la elección del narrador y la falta de música extradiegética, es la fotografía en blanco y negro de Christian Berger. La misma no sólo establece los claros límites de la propuesta narrativa (cuesta mucho imaginar esta película en colores, sin que caiga en el abanico de ofertas visuales poco constructivas en las que suelen caer las obras de época que se realizan en Hollywood), sino que reafirma la austeridad con la que está contada la historia de una época donde no había grises, no había lugar para conjeturas disímiles… todo era así, blanco o negro.

  Finalmente, no hay que dejar de lado el título de la película: Das weisse band - Eine deutsche Kindergeschichte (cuya traducción sería La cinta blanca – una historia para niños alemanes). Claramente no es una película para niños alemanes, sino una película sobre niños alemanes. Esos que en pantalla repiten a plena luz del día los oscuros actos que realizan los adultos puertas adentro y en la noche, dejando así impregnado el ambiente de un mensaje de maldad y venganza, que quizás de grandes reafirmarían con el régimen que imperó en Alemania entre 1933 y 1945. La cinta blanca no es, entonces, una película para niños alemanes de hoy, sino para y sobre los niños (¿sólo alemanes?) de ayer. 

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