martes, 14 de mayo de 2013

TP Debate: Repeticiones, por Paula De Giacomi (Turno Mañana)



A Favor: Los Amores Imaginarios
         
         No creo que existan temas que el cine no haya tratado y la triangularidad no es la excepción, pero considero que lo que hace a una película original no es el “qué”, sino el “cómo”.
El joven director Xavier Dolan es un mago capaz de mezclar en su segunda película Los amores imaginarios acordes de bandas como The Police, The Knife, con canciones como Bang Bang, cantada por Dalida en los años sesenta, o Bach y Wagner; mencionar a Audrey Hepburn, Blade Runner, Atracción Fatal, o Mr. Spock y lograr que nada desentone, que todo conviva en perfecta armonía.
“No es anacrónico, es vintage”, diría Marie, una de las protagonistas de esta película. Ella que tan bien se define como “una inteligencia que compensa unos ojos marrones”, o que asegura que “el cigarrillo la mantiene viva, hasta que muera”. Marie lleva vestidos ajustados, collares de perlas, zapatos dorados y regala sombreros, pero por sobre toda las cosas, nunca pierde su sarcasmo. Otro vértice de este triángulo es Francis un elegante y tímido gay, portador de un peinado a lo James Dean, quien va marcando sus conquistas en la pared de su baño como un preso que cuenta los días que le quedan de encierro. Y el tercero, el que tensa los otros dos extremos, es Nick, aquel personaje que vemos por primera vez fumando, revolviendo su pelo y sonriendo como si fuera el centro del universo. ¿Pero quién no se fascinó alguna vez por unos rulos despeinados y una larga bocanada de cigarrillo? Francis y Marie lo hicieron, y yo también. Pero este Adonis tan bien tallado, resulta que no es mas que un simple niño mantenido, snob, frío e histérico.
Al comienzo de la película vemos a varios personajes (al mejor estilo Woody Allen) contándonos historias de llegadas tardes, de mails no respondidos, de citas frustradas, de abandonos, con interesantes conceptos tirados a la ligera, pero que no por eso nos evitan un sabor amargo y por sobre todas las cosas, conocido. Dolan apela a la empatía, sí y funciona.
Su relato es impecable: las tonalidades, la música, el vestuario, los sutiles detalles, los escenarios, la cámara lenta, la puesta en serie, todo esta donde debe estar, creando una continuidad más allá del tiempo, porque hay cosas que perduran como las grandes estrelles de cine, como el ritmo de una canción pegadiza, como un mueble bien diseñado, como el (des) amor.
Cada uno de nosotros elegirá donde situarse, mientras que la historia oscila entre la mirada de Marie y la de Francis, amigos inseparables hasta que los celos los llevan a terminar literalmente a los golpes, o dándose puñaladas de palabras filosas cada vez que pueden.
Pero el triángulo se rompe cuando dos de sus extremos deciden contar su verdad de manera torpe, tímida y angustiante, para que el personaje de perfil griego (Nick) lo único que haga sea seguir mirándose su propio ombligo sin el menor registro de lo que sucede a su alrededor. Y es en ese instante donde tuve ganas de pegarle en la cara tan fuerte hasta deformarle sus perfectas facciones, es que me fue imposible no tomar partido. Y vemos bajar a Francis la escalera oscura con un silencio de fondo y las nerviosas manos de Marie intentando buscar un encendedor que le salve la vida, y nos vemos a nosotros mismos.
Pero así son las cosas y como dice alguien en la película, “el rechazo es duro pero se acaba, es como una guillotina, pero la espera es como una negativa interminable”.
A pesar de esto hay situaciones que inevitablemente se repiten y al final parece que volvemos al principio, sólo que ahora nos quedamos Marie, Francis y yo, fascinados por el personaje interpretado por Louis Garrel, que aparece unos pocos segundos sin decir una palabra, que le queda tan bien le queda el humo saliendo de su boca...

No hay comentarios:

Publicar un comentario