A Favor: Los Amores Imaginarios
No creo que existan temas que el cine no haya tratado y la triangularidad no es la excepción, pero considero que lo que hace a una película original no es el “qué”, sino el “cómo”.
El joven director Xavier Dolan es un mago capaz de
mezclar en su segunda película Los amores imaginarios acordes de bandas
como The Police, The Knife, con canciones como Bang Bang, cantada por Dalida
en los años sesenta, o Bach y Wagner; mencionar a Audrey Hepburn, Blade
Runner, Atracción Fatal, o Mr. Spock y lograr que nada desentone, que todo
conviva en perfecta armonía.
“No es anacrónico, es vintage”, diría Marie, una de las
protagonistas de esta película. Ella que tan bien se define como “una inteligencia
que compensa unos ojos marrones”, o que asegura que “el cigarrillo la mantiene
viva, hasta que muera”. Marie lleva vestidos ajustados, collares de perlas,
zapatos dorados y regala sombreros, pero por sobre toda las cosas, nunca pierde
su sarcasmo. Otro vértice de este triángulo es Francis un elegante y tímido
gay, portador de un peinado a lo James Dean, quien va marcando sus conquistas
en la pared de su baño como un preso que cuenta los días que le quedan de
encierro. Y el tercero, el que tensa los otros dos extremos, es Nick, aquel
personaje que vemos por primera vez fumando, revolviendo su pelo y sonriendo
como si fuera el centro del universo. ¿Pero quién no se fascinó alguna vez por
unos rulos despeinados y una larga bocanada de cigarrillo? Francis y Marie lo
hicieron, y yo también. Pero este Adonis tan bien tallado, resulta que no es
mas que un simple niño mantenido, snob, frío e histérico.
Al comienzo de la película vemos a varios personajes
(al mejor estilo Woody Allen) contándonos historias de llegadas tardes, de
mails no respondidos, de citas frustradas, de abandonos, con interesantes
conceptos tirados a la ligera, pero que no por eso nos evitan un sabor amargo y
por sobre todas las cosas, conocido. Dolan apela a la empatía, sí y funciona.
Su relato es impecable: las tonalidades, la música, el
vestuario, los sutiles detalles, los escenarios, la cámara lenta, la puesta en
serie, todo esta donde debe estar, creando una continuidad más allá del tiempo,
porque hay cosas que perduran como las grandes estrelles de cine, como el ritmo
de una canción pegadiza, como un mueble bien diseñado, como el (des) amor.
Cada uno de nosotros elegirá donde situarse, mientras
que la historia oscila entre la mirada de Marie y la de Francis, amigos
inseparables hasta que los celos los llevan a terminar literalmente a los
golpes, o dándose puñaladas de palabras filosas cada vez que pueden.
Pero el triángulo se rompe cuando dos de sus extremos
deciden contar su verdad de manera torpe, tímida y angustiante, para que el
personaje de perfil griego (Nick) lo único que haga sea seguir mirándose su
propio ombligo sin el menor registro de lo que sucede a su alrededor. Y es en
ese instante donde tuve ganas de pegarle en la cara tan fuerte hasta deformarle
sus perfectas facciones, es que me fue imposible no tomar partido. Y vemos
bajar a Francis la escalera oscura con un silencio de fondo y las nerviosas
manos de Marie intentando buscar un encendedor que le salve la vida, y nos
vemos a nosotros mismos.
Pero así son las cosas y como dice alguien en la
película, “el rechazo es duro pero se acaba, es como una guillotina, pero la
espera es como una negativa interminable”.
A pesar de esto hay situaciones que inevitablemente se
repiten y al final parece que volvemos al principio, sólo que ahora nos
quedamos Marie, Francis y yo, fascinados por el personaje interpretado por
Louis Garrel, que aparece unos pocos segundos sin decir una palabra, que le
queda tan bien le queda el humo saliendo de su boca...

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