Alta fidelidad no le escapa al paradigma en el que cae la
mayoría de las películas basadas en libros: la novela homónima de Nick Hornby
es superior. ¿Cómo trasladar al cine la neurosis de Rob, un melómano de
cuarenta y pico al que acaba de dejar su pareja? Pero lo que se pierde en
literatura –los monólogos interiores del protagonista son geniales– se gana en
música, un elemento para nada menor. Ahí sí sale mucho mejor parado el film.
Interpretado por John
Cusack, Rob parece condenado al fracaso: es dueño de una disquería cuyas ventas
no son las mejores, sus únicos amigos son dos empleados aún más freaks que él y,
como decíamos, se separa de Laura, su relación más sería hasta el momento.
Aficionado a aquellas listas de discos y canciones que publican algunas
revistas (del tipo “Las 10 mejores canciones para un corazón roto”), Rob hace
un repaso por su propia vida amorosa, confeccionando un “top five” de noviazgos
pasados y recurriendo a las susodichas para ver en qué pudo fallar. En el medio
de esa retrospectiva sigue presente la figura de Laura, que no duda en llamarlo
cada vez que tiene un problema con su familia o su nuevo novio.
De filmarse una remake
en nuestro país, es inevitable imaginar a Daniel Hendler encabezando el elenco.
Los personajes
secundarios son muy logrados, especialmente los ayudantes de Rob: para Dick
(Todd Lousio), un gran fin de semana es haber encontrado un pirata de Green
Day, y Barry (un hilarante Jack Black) es capaz de echar a un cliente por
intentar comprar un disco que él considere una basura.
Alta Fidelidad cuenta con una banda sonora que es una delicia
para los oídos. Se escucha a Al Green, a Elvis Costello, a The Velvet
Underground y hasta a los históricos 13 Floor Elevators, entre muchísimos
otros. Para Rob –y para tantos hombres–, la música resulta un bálsamo para superar
sus traumas amorosos. Ellas no estarán, pero siempre nos quedarán los discos.

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