Rosemary’ baby es una obra maestra del terror, afirmando esto sin dudar en caer en ningún lugar común, el film narra con precisión y delicadamente cada momento de la historia.
Ya desde el comienzo de la película observamos una escena idealizada, pero que siempre nos permite encontrar espacios que desentonan, y nos dejan ver “ese algo”, “eso” que hace visible el lado oscuro, “eso” que se encuentra bajo la alfombra de ese lujoso departamento.
Sobre la superficie el alto nivel de vida de la sociedad newyorquina de la década del 70, poco a poco van dejando paso a lo que se encuentra verdaderamente bajo esas miradas amigables.
El desarrollo de la película la vemos en la transformación que sufre el cuerpo de la bella Mía Farrow. Su apariencia se va transformando, además de su embarazo, su decrepitud, su delgadez extrema, y su palidez mortal son la evidencia de que lo que allí sucede, no es normal.
Vecinos que por momentos rozan lo grotesco, están permanentemente en un tono muy elevado y hacen ruido, pero que están contenidos en el contrato de la película.
En el film se entrecruzan los más puros instintos maternales y los más perversos deseos del mismísimo demonio.
Se trata de un relato clásico, en el cual la asfixia y la creciente desesperación de la protagonista nos va llevando por un camino de sospechas.
El espacio onírico juega un rol importante y el fuera de campo contribuye a mantenernos atentos en un trama inquietante.
Se desprende de la película una crítica a la ya establecida sociedad de consumo, al individualismo, y hasta la frivolidad de la época.
Mia farrow, Jon Cassavetes y Roman Polansky hacen de este film un cuento que trasciende más allá del espacio fílmico y nos invitan a mirar con más atención que habita allí detrás de las apariencias.

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