jueves, 11 de abril de 2013

Toy Story: El mundo mágico de la infancia que trascendió (por María Eugenia Almirón, Turno Noche)



         Vi Toy Story (1995) por primera vez el año de su estreno en cine, en compañía de mis hermanos. Yo tenía 9 años. Desde ese día hasta hoy, infinidad de veces la vi, nunca me va a aburrir. Cada vez que la vuelvo a ver encuentro un detalle nuevo en el que regocijarme como si fuera la primera vez, y que me transporta en la memoria a ese momento del primer encuentro con esos muñecos animados -por primera vez veíamos en el cine una película como esa-. Por eso Toy Story es para mí, una historia eterna, de esas que se convierten en clásicos de mi memoria, porque se encuentra en ella un relato que no acusa recibo del paso del tiempo, que sigue vigente en cada repetición.
          La fantasía infantil de todo niño se materializó en la pantalla cuando el vaquero Woody y sus secuaces cobran vida como Pinocho, pero aquí en secreto, fuera de la visión de los humanos, para espiar la fiesta de cumpleaños de su “dueño” Andy, y descubrir en esa pequeña travesía inicial quienes serán los nuevos “amigos” que llegan como regalos a habitar ese cuarto repleto de juguetes de todo signo. Estando alertas de que ningún intruso llegue empaquetado, encubierto con moño, y venga a ocupar el lugar de otro con mayor trayectoria en esa habitación, mucho menos el lugar privilegiado que reserva Andy en su cama, para el más especial de todos sus amigos de plástico y goma espuma.
Entonces los soldaditos diminutos, organizados bajan las escaleras en paracaídas hasta la planta baja, escondidos, con la precisión y coordinación de un ejército profesional en cada movimiento. Con sólo ver este principio, se anticipa la meticulosidad con la que a cada personaje se le dio vida, solamente con ese arranque me alcanza para rendirme ante la magia de la animación de los estudios Pixar, nunca antes vista (que por supuesto de 1995 hasta nuestro días está cada vez más perfeccionada y sofisticada) y entregarme a esos 81 minutos de película que te llevan de viaje por el universo tierno y arriesgado de ese grupo de juguetes que se las ingenia de mil maneras para no perder el amor del niño, cuyo nombre tienen escrito en la suela de sus zapatos.
       Fue la primera vez que vi semejante evento visual, y sentí a través de esos dibujos, el terror que impartía aquel villano, Sid. Ese nene malo del que todos estábamos siendo víctimas en nuestras butacas, que podíamos haber visto ya antes, en el colegio, en la colonia de vacaciones o en el club, que nos podía haber hostigado a nosotros mismo en algún recreo, compartiendo algún juego con desenlace injusto. Estaba ahora ahí maltratando a esos indefensos, ¿cómo ellos pequeñitos, se iban a escapar de las garras de ese demonio? Era desesperante, todavía siento la sensación, el vértigo, si en cada momento los juguetes podían fallar, podían perder a alguno en el camino. Pero, finalmente, esta historia de amistad, no decepción a ninguno de nosotros ¡los juguetes son ayer y hoy, héroes de verdad! 

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