Vi Toy Story (1995) por primera vez el
año de su estreno en cine, en compañía de mis hermanos. Yo tenía 9 años. Desde
ese día hasta hoy, infinidad de veces la vi, nunca me va a aburrir. Cada vez que
la vuelvo a ver encuentro un detalle nuevo en el que regocijarme como si fuera
la primera vez, y que me transporta en la memoria a ese momento del primer
encuentro con esos muñecos animados -por primera vez veíamos en el cine una
película como esa-. Por eso Toy Story es para mí, una historia eterna, de esas
que se convierten en clásicos de mi memoria, porque se encuentra en ella un
relato que no acusa recibo del paso del tiempo, que sigue vigente en cada
repetición.
La fantasía infantil de todo niño se
materializó en la pantalla cuando el vaquero Woody y sus secuaces cobran vida
como Pinocho, pero aquí en secreto, fuera de la visión de los humanos, para
espiar la fiesta de cumpleaños de su “dueño” Andy, y descubrir en esa pequeña
travesía inicial quienes serán los nuevos “amigos” que llegan como regalos a
habitar ese cuarto repleto de juguetes de todo signo. Estando alertas de que
ningún intruso llegue empaquetado, encubierto con moño, y
venga a ocupar el lugar de otro con mayor trayectoria en esa habitación, mucho
menos el lugar privilegiado que reserva Andy en su cama, para el más especial
de todos sus amigos de plástico y goma espuma.
Entonces los soldaditos diminutos,
organizados bajan las escaleras en paracaídas hasta la planta baja, escondidos,
con la precisión y coordinación de un ejército profesional en cada movimiento.
Con sólo ver este principio, se anticipa la meticulosidad con la que a cada
personaje se le dio vida, solamente con ese arranque me alcanza para rendirme
ante la magia de la animación de los estudios Pixar, nunca antes vista (que por
supuesto de 1995 hasta nuestro días está cada vez más perfeccionada y
sofisticada) y entregarme a esos 81 minutos de película que te llevan de viaje
por el universo tierno y arriesgado de ese grupo de juguetes que se las ingenia
de mil maneras para no perder el amor del niño, cuyo nombre tienen escrito en
la suela de sus zapatos.
Fue la primera vez que vi semejante
evento visual, y sentí a través de esos dibujos, el terror que impartía aquel
villano, Sid. Ese nene malo del que todos estábamos siendo víctimas en nuestras
butacas, que podíamos haber visto ya antes, en el colegio, en la colonia de
vacaciones o en el club, que nos podía haber hostigado a nosotros mismo en
algún recreo, compartiendo algún juego con desenlace injusto. Estaba ahora ahí
maltratando a esos indefensos, ¿cómo ellos pequeñitos, se iban a escapar de las
garras de ese demonio? Era desesperante, todavía siento la sensación, el
vértigo, si en cada momento los juguetes podían fallar, podían perder a alguno
en el camino. Pero, finalmente, esta historia de amistad, no decepción a ninguno
de nosotros ¡los juguetes son ayer y hoy, héroes de verdad!

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