Rodney, 98 ´, 2009 (Argentina)
Dir.: Diego Rafecas
La película Rodney, de Diego Rafecas, comienza con una imagen del mar y la voz en off de un chico que nos pregunta: “¿Que pasaría si supieras que nunca vas a morir... si supieras que esto no termina acá, que venimos muchas veces y nos olvidamos cada vez que venimos?”
A continuación, y con un movimiento suave de la cámara, le sigue otra escena: un cementerio.
Luego vemos la cara de Camilo (el protagonista) que con sus escasos trece años parece pasar la mayor cantidad de su tiempo pensando en la reencarnación y el sentido de la vida, en vez de jugar a la Playstation o entretenerse sacándose fotos para el perfil de su Facebook, como cualquier mortal de su edad.
Una cantidad de personajes lo acompañan: su madre, quien drásticamente termina incendiando su habitación mientras dibuja grafittis sin sentido sobre una pared; su padre (encarnado pésimamente en el propio Rafecas) un budista seudo delincuente preocupado por la política internacional y la ecología. También (como si esto fuera poco) Camilo tiene una tía adicta a la heroína, que no puede pasar mas de cinco minutos sin inyectarse en cualquier rincón y además, otra tía ultra católica, casi mística.
Todo es absurdo, pero no del bueno. Esta película intenta ser una drama, con cierto aire de comedia, dentro de un contexto urbano y con un toque marginal. Pero como dice el título de este (humilde) texto todo queda a mitad de camino...
Rodney no es una película profunda como asomaba en los primeros minutos, no es una comedia porque no logró salir de mi boca ni siquiera una leve sonrisa, no es un drama porque no pude conectarme ni sentir empatía con ninguno de los personajes y no es una tragedia, a pesar de que murieran en menos de cinco segundos tres personajes al hilo. Es una hibridez pretenciosa y recargada (¿hay algo peor que eso?).
Lo único destacable (para que los “palos” no duelan tanto) es la circularidad del comienzo y del final: la película cierra con una secuencia que va del cielo al cementerio, donde luego la cámara sale de sus muros para focalizarse en la calle, frente al clásico bar Rodney, como si aquellos muertos nos estuvieran espiando desde sus lápidas.
Esta circularidad podría haber sido interesante para un cortometraje, por ejemplo y todo lo que sucede en el medio, para una novela adolescente de las tres de la tarde, pagada por algún canal de televisión.

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