Las Aventuras de
Tintín: El secreto del Unicornio
The Adventures of Tintin: The Secret of the
Unicorn, 2011, 107’,
USA
Dir. Steven
Spielberg
La creación de George Remi (alias
Hergé) Tintín, pertenece a otra
época, a otro mundo, a otra forma de entender al entretenimiento y el arte de
la narrativa. A un mundo más “clásico” si se quiere. Donde la parsimonia es
central, entendiendo a la parsimonia como aquella cualidad que está asociada a
la templanza, al equilibrio y a la moderación.
Inevitablemente, Steven Spielberg
y su troupe (entre ellos Peter
Jackson en la producción y el batallón de guionistas Edgar Wrigt, Joe Cornish y
Steven Moffat: todos monstruos) forman parte de un mundo más “moderno”. Un
mundo donde parecieran entender que vértigo es sinónimo de velocidad, que
dinámica es atropello y que la sumatoria de las partes da por resultado un
producto acabado y divertido. Y si, tal vez haya algo de verdad en esto, pero
también da una obra fría y olvidable.
El bombardeo de imágenes y el
ritmo frenético de la película crean una ilusión, una fantasía, y literalmente
estamos viendo eso, solo eso, la superficie, no hay nada detrás. Supongo que
justamente por esta razón es que el motion-capture
funciona ideológicamente aquí: porque no estamos viendo gente de verdad,
estamos viendo un símil gente,
parecen reales pero no, ahí están esos ojos fríos y sin vida para demostrarlo.
El motion-capture es una técnica
destinada a ser olvidada, no tiene razón de ser la idea de recrear digitalmente
algo real (habrán visto los horrorosos experimentos de Robert Zemeckis, Beowulf y El Expreso Polar). Pero salvando ese “acierto” (aunque no sé qué
tan consciente fue esa decisión o si fue un capricho para insuflarle vida a esta
técnica moribunda), Spielberg no da pie con bola y lo único que hace en el film
es una escalada de espectacularidad vacía (aunque, nobleza obliga, el plano
secuencia final es impresionante), llegando a ese ridículo clímax donde ¡dos
grúas! se baten a duelo. Tampoco parece terminar de entender la naturaleza y la
esencia de Tintín, lo filma como si
fuera Indiana Jones, lo cual es entendible, ya que ambos comparten mundos similares pero,
indefectiblemente, son diferentes conceptualmente.

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