No
recuerdo dónde o cuando ví por primera vez Indiana
Jones, pero la tengo grabada en la memoria, desde antes de nacer, es como
si fuera información genética que uno ya carga sin saberlo. Supongo que es algo
que nos pasa a todos, referencias culturales que incorporamos de niños, nos
marcan a fuego y determinan nuestro gusto a futuro.
Hay
muchísimas cosas que me gustan de la película, para empezar, Harrison Ford:
está insuperable, el carisma, y el sex
appeal que desborda son magnéticos; Karen Allen, como Marion Ravenwood, interés
romántico de Indiana, es sencillamente maravillosa; un poderoso personaje
femenino, independiente y proactiva. Lanzándose a la acción a la par del
protagonista, algo inédito en el género de aventuras, donde el rol femenino
siempre estuvo relegado al del personaje a ser rescatado. También me gusta el
gore solapado que Spielberg infiltra: muchas escenas están resueltas de forma
cruenta y explícita (Alfred Molina en el inicio termina con una flecha en la
cara, una pelea entre Indiana y un nazi termina con este último despedazado por
las hélices de un avión, los nazis al abrir el arca son despellejados vivos, y
así).
Y,
finalmente, el momento más inquietante, a la vez que el
gran chiste final, es el último plano de la película, cuando el arca, ya recuperada
y cerrada, va a parar a un almacén del gobierno de los EEUU, archivada y olvidada
junto a vaya uno a saber cuántos tesoros más. Como si Spielberg nos dijera que
hemos pasado un gran momento, que nos hemos divertido, pero que, como el arca,
lo guardemos en una caja y sigamos adelante.

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