Bill
Murray (actor maduro promocionando un whisky en tierras extrañas) y Scarlett
Johansson (joven esposa de exitoso fotógrafo) se encuentran por azar en un imponente
hotel de Tokio. Es en este contexto urbano -una ciudad hipertecno saturada de
signos, imágenes y sonidos-, al que Sofía Coppola suma una banda de sonido etérea,
donde nacerá una relación sin mapa ni rumbo fijo, que alejará a ambos
protagonistas -al menos por un momento- de la rutina, de su agobiante vida
cotidiana. Relación que se irá constituyendo con situaciones intimistas, y que
irá dando forma a un microcosmos privado. Un universo dentro del cual la comunicación,
más que con palabras, estará dada por el lenguaje corporal (gestos, movimientos,
roces), proponiendo un film altamente sensorial. A la vez que somos testigos de
la evolución de esta relación/aventura, casi a modo de turistas podemos espiar
detalles de la vida, lugares y costumbres la ciudad nipona.
En todo este trayecto Bob y Charlotte crearán un idioma propio y (cada vez más) cerrado, del que no podremos percibir más que señales. Y es que son justamente los detalles y sutilezas, los materiales con los que Cóppola elige dar forma a este mundo privado. Tan personal y hermético, que todavía nos preguntamos por esa frase susurrada al oído casi al final del film.
En todo este trayecto Bob y Charlotte crearán un idioma propio y (cada vez más) cerrado, del que no podremos percibir más que señales. Y es que son justamente los detalles y sutilezas, los materiales con los que Cóppola elige dar forma a este mundo privado. Tan personal y hermético, que todavía nos preguntamos por esa frase susurrada al oído casi al final del film.

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